Del tiempo del espacio
A veces el mundo real se me dibuja como una fábula, en la que los papeles hablan y la luz le explica a las personas lo que deben hacer; en el que los animales guardan una sabiduría más allá del conocimiento humano y en el que los árboles nos miran con paciencia y dolor, mientras nosotros cometemos todos los errores que ellos hace tanto que aprendieron a ni repetir. En el que las aves viajan a nuestro alrededor, sin terminar de entender a dónde intentamos ir con tanta prisa y los oráculos hablan por las bocinas de mil y un carrozas metálicas de fuego y electricidad.
Este es el espacio en el que nos desenvolvemos. Moderno aunque sea esta una palabra con tintes académicos que ya se pierden en recientes y tan lejanas épocas.
Vivo en este espacio y en este tiempo, tan raro, tan ajeno. Y uso las herramientas que me da. Pero no creo que sean estas las mejores ni que sea lo mejor depender tanto de ellas. No por paranoia a que puedan fallar - aunque si hay algo de ello -, sino porque no le encuentro el gusto a no poder hacer nada más allá de ellas. Y si, esto lo digo frente a mi computadora, escribiendo en un blog.
Es este un espacio muy curioso, en el que las cosas se acomodan por si solas y se niegan a moverse. En el que existen unas muy marcadas y casi indestructibles jerarquías. En el que el tiempo transcurre pero no pasa. En el que siempre son algunos y algunas cosas las que están allá, inalcanzables, tan arriba o tan abajo. No lo entiendo. Menos porque son muchas veces las mismas personas las que insisten en esto. No estás preparado, o no naciste en el lugar correcto; se cierran los pequeños grupos que exigen ciertos requisitos de entrada. Si no naciste pobre o si no naciste rico, si no naciste prieto o si no naciste güero, si no estás flaco o no estás gordo, si usas o no usas lentes, si puedes o no puedes saltar tan alto o caer con gracia. Es un espacio que sigue igual desde que el tiempo es tiempo humano. Pero tan y tan distinto.
No estoy seguro de qué decir. Ya no. Hace mucho tiempo plantearía tantas alternativas, pero éstas ahora mejoras las guardo para mis mundos de ficción. Los que no dejo que nadie lea seguido.
Me gusta el mundo. No me gusta el Mundo. Así. Capitalizado, manufacturado, exportado y vendido como la mayor patraña. Más grande que la política, la religión, el prejuicio o todas las otras tonterías infantiles que tantas personas se toman tan apecho. En el Mundo se necesita dinero y permiso para todo. En el mundo las cosas están ahí y se basan sólo en la regla de las reglas: Respeto. Claro que todo tiene su propia escala de respeto. A un león el respeto le mide un par de muchos metros de distancia y bastante comida; a una persona, el respeto le puede medir un amable buenos días y una abundante cantidad de silencio.
Yo quisiera aprenderlo todo. Conocerlo todo. Crearlo todo. Y sin embargo lo abstracto no me llama tanto la atención. No en un sentido estrictamente formal. El hacerlo todo cuesta mucho. Y el aprenderlo todo cuesta todo. Pero ya habrá tiempo. Tiempo para dedicarle a este espacio. Todavía más tiempo, interminable y fugaz tiempo que se me va a ir en un par de años. Dejaré este espacio pero voy a dejarlo habiendo aprendido. Tal vez triste de ver que al espacio todavía no se le dedica su tiempo.
El hogar siempre necesita de mucho tiempo. Y nuestro hogar es siempre el espacio en el cual somos nosotros mismos los que cambian las reglas del espacio.
Este es el espacio en el que nos desenvolvemos. Moderno aunque sea esta una palabra con tintes académicos que ya se pierden en recientes y tan lejanas épocas.
Vivo en este espacio y en este tiempo, tan raro, tan ajeno. Y uso las herramientas que me da. Pero no creo que sean estas las mejores ni que sea lo mejor depender tanto de ellas. No por paranoia a que puedan fallar - aunque si hay algo de ello -, sino porque no le encuentro el gusto a no poder hacer nada más allá de ellas. Y si, esto lo digo frente a mi computadora, escribiendo en un blog.
Es este un espacio muy curioso, en el que las cosas se acomodan por si solas y se niegan a moverse. En el que existen unas muy marcadas y casi indestructibles jerarquías. En el que el tiempo transcurre pero no pasa. En el que siempre son algunos y algunas cosas las que están allá, inalcanzables, tan arriba o tan abajo. No lo entiendo. Menos porque son muchas veces las mismas personas las que insisten en esto. No estás preparado, o no naciste en el lugar correcto; se cierran los pequeños grupos que exigen ciertos requisitos de entrada. Si no naciste pobre o si no naciste rico, si no naciste prieto o si no naciste güero, si no estás flaco o no estás gordo, si usas o no usas lentes, si puedes o no puedes saltar tan alto o caer con gracia. Es un espacio que sigue igual desde que el tiempo es tiempo humano. Pero tan y tan distinto.
No estoy seguro de qué decir. Ya no. Hace mucho tiempo plantearía tantas alternativas, pero éstas ahora mejoras las guardo para mis mundos de ficción. Los que no dejo que nadie lea seguido.
Me gusta el mundo. No me gusta el Mundo. Así. Capitalizado, manufacturado, exportado y vendido como la mayor patraña. Más grande que la política, la religión, el prejuicio o todas las otras tonterías infantiles que tantas personas se toman tan apecho. En el Mundo se necesita dinero y permiso para todo. En el mundo las cosas están ahí y se basan sólo en la regla de las reglas: Respeto. Claro que todo tiene su propia escala de respeto. A un león el respeto le mide un par de muchos metros de distancia y bastante comida; a una persona, el respeto le puede medir un amable buenos días y una abundante cantidad de silencio.
Yo quisiera aprenderlo todo. Conocerlo todo. Crearlo todo. Y sin embargo lo abstracto no me llama tanto la atención. No en un sentido estrictamente formal. El hacerlo todo cuesta mucho. Y el aprenderlo todo cuesta todo. Pero ya habrá tiempo. Tiempo para dedicarle a este espacio. Todavía más tiempo, interminable y fugaz tiempo que se me va a ir en un par de años. Dejaré este espacio pero voy a dejarlo habiendo aprendido. Tal vez triste de ver que al espacio todavía no se le dedica su tiempo.
El hogar siempre necesita de mucho tiempo. Y nuestro hogar es siempre el espacio en el cual somos nosotros mismos los que cambian las reglas del espacio.
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