Del espacio del tiempo
El tiempo siempre me ha parecido algo extraño. En parte por la forma en la que transcurre. En parte por las palabras que se usan para designarlo.
En español, y probablemente en otros idiomas, no creo que haya mucho problema en tomar el tiempo como sólo una dimensión más. Avanzamos a través de él. No podemos retroceder. Nos movemos arriba y abajo dentro del tiempo, experimentando nuevas y variadas sensaciones a cada momento. Si las condiciones se prestan, lo sentimos como profundo. O como superficial. A veces transcurre, fluye como si fuera un líquido más, de manera lenta; otras, es rápido como el torrente de un río crecido tras la tormenta. Le asignamos un espacio y lo usamos como herramienta.
Me parece extraño, sin embargo, que le demos tan poco espacio al tiempo en si. El tiempo es dedicado al trabajo, por sobre todas las cosas. A las actividades recreativas en menor medida. Lo dedicamos a la familia, al crecimiento, a los planes a futuro - ese futuro que se encuentra enfrente de nosotros; o atrás, dependiendo de qué imaginario cultural te haya convencido de pequeño; tal vez arriba o abajo o a los costados; puede ser a cualquier lado, pero casi siempre está en una dirección - o a cualquier otra cosa. Pero al tiempo en si le dedicamos poco tiempo. A sentirlo, a entenderlo, a observar su movimiento a nuestro alrededor.
Será que mi calidad de desempleo crónico, cosa que no me gusta pero que intento aprovechar y disfrutar tanto como me es posible - no creo que tenga tanta suerte como para cruzar dos veces por un valle de tanta felicidad y plenitud; espero que si, pero no lo creo -, me da esta perspectiva. Veo al que trabaja y al que emplea, al que se esfuerza y al que explota ese esfuerzo - estos segundos papeles a veces invertidos en relación a los primeros -; veo al que se desvive por su familia y al que vive de ese esfuerzo - y no puedo más que pensar en mi pobre madre... -, al que se pierde en su arte, en sus hobbys, en sus vicios, en sus creencias - éstas últimas tan peligrosas -, en su afán por sentir que la vida tiene que ser de una sola y una sola manera. Veo a la gente cruzando el tiempo infeliz, descontenta, empujando siempre por llegar a un lugar cuya existencia es debatible. La veo sin disfrutar su tiempo. Sin vivir su tiempo. Usándolo todo y sin darle espacio al tiempo de ser tiempo y a ellos mismos de ser... ellos mismos.
Tan poca gente leyendo. Tan poca gente escuchando. Tan poca gente observando las plantas y apreciando el olor de la tierra.
Las hay, si. Hay mucha gente que se da cuenta de todas esas cosas. Y que las siente y las vive. Pero poca que se detiene a sentir ese fluir bajo sus dedos. No es sólo el darse cuenta del cambio de color de la tierra al mojarse. Es el ver y sentir por dentro, con detenimiento, con calma, con la perspectiva propia de uno, el como esa agua y esa tierra fluyen dentro de la planta que fluye luego en el aire que fluye luego dentro de nosotros. En ver en el paso de un carro tanto dolor, tanta sangre y sufrimiento, tantas penas y problemas y no negarse a seguir usándolos, a aceptar que no hay otra forma de que las cosas sean, de que el mundo ya es así y así es.
Sueño mucho. Lo sé. Pero veo detrás del mundo el mundo que el tiempo lleva y no el mundo que llevan las personas llevan sin llevar consigo el tiempo. Una forma de vida corta, llena de dolencias y enfermedades, pero tan vida como la vida más larga que haya existido en este pequeño planeta, en este pequeño espacio de tiempo que es el que nos tocó ocupar.
Nos veo ocupar el tiempo y subyugarlo. Como conquistadores que necesitamos doblegar todo aquello que se encuentra a nuestro alcance.
Veo el tiempo - y en esto agradezco a la locura - y el tiempo vive más que las personas que se supone que viven en él.
Quisiera cambiar mi entorno y otorgarle algo de felicidad a la gente. Por ahora no puedo. Tal vez luego lo logre. Pero al menos con mis palabras creo que podré crear un espacio de tiempo en el que las personas sientan el tiempo. En la punta de sus dedos. Esa suave sensación de cosquilleo que es el estar vivo y el estar nadando en un mar omnidireccional de aparentemente infinito tiempo. Pequeños. Diminutos. Y enormes dentro de nosotros mismos.
Todo se incluye. Todo se mueve. Todo cambia. Pero todo es lo mismo. Porque el tiempo detrás del mundo es el mismo tiempo que creo el mundo, aunque tantos nos aferremos tanto en ignorar que sigue ahí.
En español, y probablemente en otros idiomas, no creo que haya mucho problema en tomar el tiempo como sólo una dimensión más. Avanzamos a través de él. No podemos retroceder. Nos movemos arriba y abajo dentro del tiempo, experimentando nuevas y variadas sensaciones a cada momento. Si las condiciones se prestan, lo sentimos como profundo. O como superficial. A veces transcurre, fluye como si fuera un líquido más, de manera lenta; otras, es rápido como el torrente de un río crecido tras la tormenta. Le asignamos un espacio y lo usamos como herramienta.
Me parece extraño, sin embargo, que le demos tan poco espacio al tiempo en si. El tiempo es dedicado al trabajo, por sobre todas las cosas. A las actividades recreativas en menor medida. Lo dedicamos a la familia, al crecimiento, a los planes a futuro - ese futuro que se encuentra enfrente de nosotros; o atrás, dependiendo de qué imaginario cultural te haya convencido de pequeño; tal vez arriba o abajo o a los costados; puede ser a cualquier lado, pero casi siempre está en una dirección - o a cualquier otra cosa. Pero al tiempo en si le dedicamos poco tiempo. A sentirlo, a entenderlo, a observar su movimiento a nuestro alrededor.
Será que mi calidad de desempleo crónico, cosa que no me gusta pero que intento aprovechar y disfrutar tanto como me es posible - no creo que tenga tanta suerte como para cruzar dos veces por un valle de tanta felicidad y plenitud; espero que si, pero no lo creo -, me da esta perspectiva. Veo al que trabaja y al que emplea, al que se esfuerza y al que explota ese esfuerzo - estos segundos papeles a veces invertidos en relación a los primeros -; veo al que se desvive por su familia y al que vive de ese esfuerzo - y no puedo más que pensar en mi pobre madre... -, al que se pierde en su arte, en sus hobbys, en sus vicios, en sus creencias - éstas últimas tan peligrosas -, en su afán por sentir que la vida tiene que ser de una sola y una sola manera. Veo a la gente cruzando el tiempo infeliz, descontenta, empujando siempre por llegar a un lugar cuya existencia es debatible. La veo sin disfrutar su tiempo. Sin vivir su tiempo. Usándolo todo y sin darle espacio al tiempo de ser tiempo y a ellos mismos de ser... ellos mismos.
Tan poca gente leyendo. Tan poca gente escuchando. Tan poca gente observando las plantas y apreciando el olor de la tierra.
Las hay, si. Hay mucha gente que se da cuenta de todas esas cosas. Y que las siente y las vive. Pero poca que se detiene a sentir ese fluir bajo sus dedos. No es sólo el darse cuenta del cambio de color de la tierra al mojarse. Es el ver y sentir por dentro, con detenimiento, con calma, con la perspectiva propia de uno, el como esa agua y esa tierra fluyen dentro de la planta que fluye luego en el aire que fluye luego dentro de nosotros. En ver en el paso de un carro tanto dolor, tanta sangre y sufrimiento, tantas penas y problemas y no negarse a seguir usándolos, a aceptar que no hay otra forma de que las cosas sean, de que el mundo ya es así y así es.
Sueño mucho. Lo sé. Pero veo detrás del mundo el mundo que el tiempo lleva y no el mundo que llevan las personas llevan sin llevar consigo el tiempo. Una forma de vida corta, llena de dolencias y enfermedades, pero tan vida como la vida más larga que haya existido en este pequeño planeta, en este pequeño espacio de tiempo que es el que nos tocó ocupar.
Nos veo ocupar el tiempo y subyugarlo. Como conquistadores que necesitamos doblegar todo aquello que se encuentra a nuestro alcance.
Veo el tiempo - y en esto agradezco a la locura - y el tiempo vive más que las personas que se supone que viven en él.
Quisiera cambiar mi entorno y otorgarle algo de felicidad a la gente. Por ahora no puedo. Tal vez luego lo logre. Pero al menos con mis palabras creo que podré crear un espacio de tiempo en el que las personas sientan el tiempo. En la punta de sus dedos. Esa suave sensación de cosquilleo que es el estar vivo y el estar nadando en un mar omnidireccional de aparentemente infinito tiempo. Pequeños. Diminutos. Y enormes dentro de nosotros mismos.
Todo se incluye. Todo se mueve. Todo cambia. Pero todo es lo mismo. Porque el tiempo detrás del mundo es el mismo tiempo que creo el mundo, aunque tantos nos aferremos tanto en ignorar que sigue ahí.
0 comentarios:
Publicar un comentario